La era de la “bancarrota hídrica global” y la huella en los sectores digitales
Hay una palabra que hasta hace poco difícilmente habría aparecido junto a inteligencia artificial, centros de datos o software: agua. La Universidad de Naciones Unidas (UNU-INWEH) la ha colocado en el centro del debate con un concepto tan contundente como preciso: global water bankruptcy, bancarrota hídrica global.
El término aparece en su informe Global Water Bankruptcy: Living Beyond Our Hydrological Means in the Post-Crisis Era, publicado en enero de 2026. El diagnóstico no plantea que el planeta se haya quedado sin agua. Describe una cuestión más compleja y está relacionada con las numerosas cuencas y acuíferos que están siendo utilizados por encima de sus límites seguros y algunas han perdido la capacidad de regresar a sus condiciones históricas. La crisis se ha convertido, en determinados territorios, en una situación estructural.
Y este aspecto tan importante está relacionado con las empresas tecnológicas.
¿Cómo afecta la huella hídrica en la economía digital?
Durante años, la economía digital se ha presentado como una actividad ligera en términos materiales. Datos, algoritmos, plataformas, servicios en la nube. Todo parece suceder en un espacio casi inmaterial.
Pero la nube tiene edificios.Tiene servidores. Tiene sistemas de refrigeración. Tiene redes eléctricas,y tiene fábricas de semiconductores.
La inteligencia artificial está haciendo especialmente visible esta realidad. El entrenamiento y funcionamiento de los modelos de IA se realiza fundamentalmente en centros de datos, instalaciones que concentran una elevada capacidad de computación y, con ella, una demanda creciente de electricidad. La Agencia Internacional de la Energía estima que los centros de datos consumieron alrededor de 415 TWh de electricidad en 2024, aproximadamente el 1,5 % del consumo eléctrico mundial, y proyecta que esta demanda podría duplicarse hasta unos 945 TWh en 2030 en su escenario base.
Pero electricidad y agua están conectadas. Los servidores generan calor. Ese calor tiene que disiparse. Dependiendo de la arquitectura del centro de datos, la refrigeración puede utilizar aire, agua u otras soluciones. Algunas instalaciones recurren a sistemas de refrigeración con agua porque pueden ofrecer ventajas de eficiencia energética, y otras están evolucionando hacia circuitos cerrados y tecnologías que reducen la necesidad de agua. Por eso no existe una cifra única de «agua consumida por la IA» ni resulta riguroso asignar un volumen fijo a cada consulta o modelo.
Sobre esta cuestión, la localización también importa. Un litro de agua utilizado en una zona con abundancia de recursos no tiene necesariamente la misma relevancia ambiental que un litro utilizado en una cuenca sometida a un elevado estrés hídrico.
El problema más allá del centro de datos
La huella hídrica de una empresa tecnológica tampoco termina en su propia infraestructura. Está presente en su cadena de suministro.
La fabricación de semiconductores, por ejemplo, requiere grandes cantidades de agua ultrapura. La OCDE ha señalado que episodios de sequía ya han generado riesgos para determinadas cadenas de suministro de tecnologías digitales y que la escasez de agua puede afectar a la producción de componentes críticos.
Para una empresa de software, esto puede parecer que está muy lejano. Pero pensemos en una startup que desarrolla una solución de inteligencia artificial. Puede no tener un centro de datos propio, pero depende de un proveedor cloud. Ese proveedor depende de instalaciones físicas. Esas instalaciones dependen de energía, sistemas de refrigeración y suministro de agua. El hardware que utilizan procede, a su vez, de una cadena industrial con sus propios consumos y riesgos.
La huella hídrica, por tanto, puede estar bastante lejos de la oficina en la que trabaja el equipo de desarrollo. Por tanto, y según este factor, la disponibilidad de agua puede convertirse en una variable de localización y continuidad de determinadas infraestructuras digitales.
Ya lo dice la propia OCDE que advierte que el acceso a fuentes de agua abundantes y fiables puede influir en la localización de centros de datos y en las decisiones de inversión asociadas a ellos.
Del impacto ambiental al riesgo empresarial
En este sentido, hablar de agua en una empresa tecnológica no debería reducirse a calcular cuántos metros cúbicos consume. Hay que preguntarse qué puede ocurrir si ese recurso deja de estar disponible en las condiciones actuales.
Una restricción de agua puede afectar a la operación de una instalación, incrementar costes, condicionar su ampliación o generar conflictos con otros usos prioritarios del territorio. En determinados casos, puede convertirse en un riesgo para proveedores situados aguas arriba de la cadena de valor.
La dimensión financiera también empieza a adquirir relevancia. El Banco Central Europeo ha identificado el agua como uno de los principales riesgos relacionados con la naturaleza para la economía de la zona euro. En 2025 señaló que la escasez de agua superficial podía poner en riesgo una parte significativa de la producción económica europea y subrayó que estos riesgos pueden trasladarse al sistema financiero.
Para los inversores, las preguntas se centrarían en cuánto agua consume una compañía, pero también dónde, cómo, con qué dependencia y con qué capacidad de adaptación cuenta.
El estándar IFRS S1 (la norma internacional que obliga a las empresas a reportar sus riesgos financieros vinculados a la sostenibilidad, vigente desde 2024), por ejemplo, exige considerar aquellos riesgos y oportunidades relacionados con la sostenibilidad que razonablemente puedan afectar a los flujos de caja, al acceso a financiación o al coste de capital de una empresa a corto, medio o largo plazo. El agua puede entrar en esa ecuación cuando su impacto resulta material para el negocio.
¿Qué está cambiando en Europa sobre huella hídrica?
La regulación europea está empezando a convertir parte de esta preocupación en datos. El Reglamento Delegado (UE) 2024/1364 establece una primera fase de un sistema común europeo para valorar la sostenibilidad de los centros de datos. Entre los indicadores contemplados se encuentra el Water Usage Effectiveness (WUE), que relaciona el agua utilizada con la energía empleada por los equipos informáticos. La norma establece además un mecanismo de comunicación de información a una base de datos europea.
Esto tiene una consecuencia interesante. Lo que antes podía formar parte de una conversación voluntaria sobre sostenibilidad comienza a transformarse en información medible y comparable para determinados operadores.
Y la tendencia regulatoria va más allá de los centros de datos. El marco europeo de sostenibilidad contempla el agua como uno de los ámbitos ambientales más relevantes. El estándar ESRS E3, dedicado al agua y los recursos marinos, aborda impactos, riesgos y oportunidades relacionados con estos recursos y contempla métricas como el consumo total de agua, el consumo en zonas de riesgo hídrico y el agua reciclada o reutilizada, cuando resultan aplicables según las reglas de información correspondientes.
Por tanto, la dirección es clara: el agua empieza a pasar de ser un asunto operativo a formar parte de la información de sostenibilidad y de la gestión del riesgo empresarial.
Y aquí entra el DNSH
Para las empresas que desarrollan proyectos de I+D+i con financiación pública europea, existe además otra dimensión.
El principio DNSH, «no causar un perjuicio significativo», forma parte del marco europeo de financiación sostenible. El Reglamento de Taxonomía establece seis objetivos ambientales, entre ellos el uso sostenible y la protección de los recursos hídricos y marinos.
En el caso de las actuaciones cofinanciadas por fondos FEDER 2021-2027 y gestionadas, por ejemplo, a través del CDTI, el cumplimiento del DNSH tiene una traducción concreta en la documentación del proyecto: deben identificarse los impactos directos e indirectos de la actuación durante su ciclo de vida y, según la línea de financiación, pueden ser necesarias autoevaluaciones, dictámenes de validación favorable o memorias de ejecución.
Esto introduce una cuestión que conviene tener presente desde el momento en que se diseña un proyecto. Si una empresa tecnológica plantea una nueva infraestructura de computación, una solución de inteligencia artificial, una plataforma que requiere grandes capacidades de procesamiento o una innovación relacionada con centros de datos, la variable ambiental no debería aparecer por primera vez cuando llega el momento de justificar la ayuda. En todo caso, debería formar parte del propio diseño del proyecto.
La metodología detrás del dato: ISO 14046 y el estándar WFN
Más allá del reporte regulatorio, el verdadero reto es metodológico. Para evitar fotografías incompletas que sólo midan el agua consumida en instalaciones propias, las empresas tecnológicas deben ampliar el foco hacia toda su cadena de valor.
Aquí es donde entran marcos de referencia globales como el estándar de la Water Footprint Network (WFN) —para la contabilidad volumétrica del agua azul, verde y gris— y la norma ISO 14046, que evalúa los impactos ambientales potenciales bajo el enfoque de Análisis de Ciclo de Vida (ACV). Estas metodologías no son certificados automáticos de sostenibilidad, sino herramientas de evaluación cuyo valor real radica en definir correctamente el alcance, documentar los datos y analizar la huella hídrica de extremo a extremo.
¿Qué debería hacer una empresa tecnológica sobre huella hídrica?
La respuesta empieza por una pregunta bastante menos espectacular que «¿cuántos litros consume mi IA?». Para responderla hay que conocer la infraestructura utilizada, los proveedores críticos, la localización de los centros de datos, los sistemas de refrigeración, el origen del agua cuando sea relevante, los procesos de fabricación asociados al hardware y la exposición de la cadena de suministro a zonas de estrés hídrico.
Después llega la medición. Y después, la gestión.
Una empresa puede descubrir que su principal riesgo no está en su consumo directo, sino en un proveedor. Otra puede comprobar que una determinada ubicación presenta una exposición hídrica elevada. Otra puede encontrar una oportunidad de innovación en sistemas de refrigeración, reutilización de agua, eficiencia computacional o diseño de infraestructuras.
Por tanto, la cuestión se centra en cuánto valor puede generar una tecnología que necesita menos recursos para funcionar.
¿Qué efecto tiene la eficiencia digital sobre la huella hídrica?
Este punto merece especial atención. Reducir el consumo computacional puede tener efectos sobre la demanda energética y, dependiendo de cómo se produzca y gestione esa energía y del diseño de la instalación, sobre determinados consumos asociados a la refrigeración.
La eficiencia del software, la optimización de modelos, la gestión inteligente de cargas de trabajo y el diseño de infraestructuras más eficientes pueden formar parte de una estrategia ambiental con implicaciones que van más allá del ahorro energético.
La innovación, en este contexto, tiene otra lectura. Se trata de conseguir que haga lo mismo —o más— utilizando menos recursos.
Ese enfoque encaja con una de las grandes tensiones de la transformación digital actual: queremos más capacidad de procesamiento justo cuando los límites físicos de la infraestructura empiezan a ser más visibles.
La bancarrota hídrica también es una cuestión de innovación
El concepto acuñado por UNU-INWEH introduce una idea especialmente relevante para las empresas. Cuando una cuenca pierde capacidad de recuperación, las reglas económicas también cambian.
Para una compañía tecnológica, eso puede traducirse en nuevas restricciones de localización, requisitos de información, exigencias de clientes, criterios de contratación pública, expectativas de inversores o condiciones ambientales asociadas a la financiación.
Todavía existe incertidumbre. También falta información. La propia OCDE señala que el impacto hídrico de las tecnologías digitales está peor documentado que su consumo energético o sus emisiones de gases de efecto invernadero.
Precisamente por eso medir ahora puede tener más valor que esperar a que todos los requisitos estén completamente definidos.
Para Vector Horizonte, esta transformación abre un espacio concreto de trabajo: ayudar a las empresas a convertir los retos ambientales en proyectos de innovación técnicamente sólidos y financiables.
La evaluación de la huella hídrica, el análisis de riesgos asociados al agua, el diseño de soluciones de eficiencia y circularidad o la integración del criterio DNSH pueden formar parte de una estrategia más amplia de I+D+i, siempre adaptada a las características y requisitos de cada proyecto y convocatoria.
Si tu empresa desarrolla tecnología, inteligencia artificial, software, electrónica o soluciones digitales y quieres saber cómo puede afectar el riesgo hídrico a tu proyecto de I+D+i, a su financiación o a su posicionamiento ante clientes e inversores, en Vector Horizonte podemos ayudarte a analizarlo desde el principio y a convertir ese diagnóstico en una estrategia de innovación.
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